Varias veces he leído y escuchado que el sitio donde vivimos nos define, y estoy de acuerdo. Probablemente pueda desvelar muchos secretos acerca de lo que somos, no cuando está preparado para recibir visitas y recibe una limpieza apresurada en la que se esconden los trastos, se cierran los armarios y se cambian las fundas del sofá, sino en las horas cotidianas de ausencia, cuando la cama está deshecha, las tazas de desayuno en la mesa de la cocina y alguna que otra pelusa rebelde campando a sus anchas por el pasillo.
No sé si entrando en mi casa puede adivinarse algo de lo que soy, pero sí que su pequeña historia dice mucho acerca de la mía. Es, para empezar, la número 11 contando las que fueron testigos de mi infancia, y este es el séptimo año que vivo en ella.
En mi casa, mía aunque sea de alquiler, hubo en un tiempo un dormitorio grande en el que dormíamos el padre de mis hijos y yo, y otro pequeño para los niños, que solo lo utilizaban para dormir porque esparcían su presencia en todos y cada uno de los rincones que la forman. Había juguetes en el baño, en la cocina, en el salón (que nunca supo de mesas de centro u objetos frágiles), en la terraza, en el tendedero.Juguetes con vida propia, que invadían de nuevo el suelo apenas acababan de recogerse. Fue la etapa en la que mis hijos eran pequeños y por edad ocupaban mi tiempo, mi espacio, mi mente, mis manos, mi sueño (escaso), mi presente, mis planes... mi vida.
Llego el divorcio y la habitación grande perdió a uno de sus ocupantes , aunque su lugar tardó mucho en vaciarse del todo. Sus libros, objetos, CDs...convivían con mis cosas en estanterías y cajones. Y aquel cuarto perdió la mitad de su identidad sin acabar de desarrollar la que quedó en el. Fue como la sala de espera de una estación, como la habitación de un hotel de larga estancia, con un solo cuadro de klimt en las paredes desnudas. Fue la etapa del duelo, la culpa y la transición, el momento de aprender a vivir sola con mis dos cachorros, de luchar por pasar del amor a la amistad dejando la tensión y los reproches en el camino.
Y en esta última reforma, mi casa se encuentra hoy con las paredes limpias, el salón despejado y un cuartito pequeño que ya he domesticado y en el que habito (no sólo duermo) yo. Con mis libros, las fotos de toda una vida, un baúl de madera lleno de cartas (escritas a mano y recogidas en un buzón de metal de los que hoy solo reciben facturas y folletos del Telepizza), un atrapa-sueños sobre la cómoda y un par de gatos hechos un ovillo sobre la colcha naranja. Mientras, los niños casi han dejado de ser niños y son cada vez más Diego y Ana, y como tales tienen su espacio en la habitación grande, que ya cuenta con una pared repleta de dibujos manga y otra en la que la luna de cartón azul sonríe junto a unas alas de hada. Es la etapa en la que me busco abrazando mi soledad como una compañera necesaria, en la que dejo atrás los restos de relaciones pasadas, en la que la maternidad ha llegado a una meseta en la que soy menos necesaria en un sentido y mas necesaria que nunca en otro. En la que vivo, por fin, que el camino puedo recorrerlo sola, con los otros caminando a mi lado pero no por mi.
En esta etapa , sobre todo al pintar y cambiar unos muebles por otros, cuando tuve que sacar las cosas de su sitio, desnudar las paredes, vaciar los cajones...me di cuenta de la cantidad de objetos, papeles, ropa, libros...que acumulamos. Algunos de ellos me saludaban aliviados desde la oscuridad en la que se encontraban, felices de haber sido hallados de nuevo. Otros me desafiaban desde la inutilidad y un tamaño inmanejable a que recordara por qué habían permanecido allí tanto tiempo. Y nuevamente, como en la vida, una tiene la opción de mirar para otro lado y volverlos a esconder o deshacerse de los que no sirven para hacer sitio a los que vendrán. O simplemente para tener mas espacio. De ignorar las pequeñas averías descubiertas, dejarlas para después o repararlas.
Por último me doy cuenta de que hace tiempo que lo que mas deseo es estar en casa. En silencio, con un buen libro o un motivo para cerrar los ojos, jugar al Muchkin con unos cuantos amigos, ver una peli con mis grumetillos...pero en casa. Necesito estar "en mi". Dentro. Hacer mio mi espacio. Hacerme mía y de nadie más.

¡Cuánto me alegro de este camino recorrido! Me alegro mucho por tí... te percibo con paz y fuerte por dentro, contigo, ¡qué bien!
ResponderEliminar"Estando mi casa sosegada..."
¡Adelante!
Un abrazo.
Lo de "fuerte y con paz" es todavía un objetivo...pero me anima y me alegra que lo percibas como un logro!!
Eliminar"Estando ya mi casa sosegada". Me quedo con eso.
Otro abrazo fuerte para ti.
Cómo te entiendo, tocaya... Mi piso también ha vivido muchos cambios, y los que les quedan: es lo que tiene concentrar la vida en pocos metros cuadrados. ;-)
ResponderEliminarPues si, es lo que tiene...que esos metros hablan por los codos sobre sus dueñas... :)
EliminarNo he cambiado nunca de casa... pasé de la de mis padres a la mía, en la que llevo 38 años, así es que difícilmente me puedo hacer una idea de lo que supone.
ResponderEliminarPero sí te comprendo en cuanto a la necesidad de estar con una misma, de la necesidad de sentirse "hacia adentro" y es un bonito -y necesario- ejercicio.
Como tu compañera de arriba, también te percibo más... tranquila. Ojalá que encuentres tu camino a Ítaca cada día con menos obstáculos.
Un beso.
Pero seguro que tu casa, en esos 38 años, ha cambiado mucho. También tu escribiste hace tiempo sobre la necesidad de deshacernos de vez en cuando de trastos superfluos...es la proyección de lo que somos sobre lo que tenemos y el lugar donde somos...
EliminarOtro beso.
Te entiendo, Dem y comparto esa sensación de querer estar sosegadamente dentro de una misma. Será que cada vez se está más a gustito allí y eso, es una victoria. Te felicito. Un beso fuerte.
ResponderEliminarO que a estas alturas de la vida una tiene claro que eso es lo único importante...¿verdad?
EliminarUn abrazo.
Es curioso, pero es verdad: cuanto mas revuelta estoy por dentro, mas me cuesta ordenar mi casa. Debe tener que ver con la energía que somos y proyectamos, y claro, mucho mas en el sitio donde vivimos.
ResponderEliminarY como siempre...que maravilla leerte.
jajajjaja, a lo mejor por eso acabo de comprar un libro que se titula "Ideas para mantener el orden en casa"...
EliminarGracias Montse, y un beso.
Montse, coincido contigo, cuando más revuelta ando interiormente, peor está mi casa exteriormente. Y a veces el ponerme a arreglarla ayuda a calmar el caos interior.
ResponderEliminarYo llevo moviéndome desde hace 7 años y medio y de casa de mis padres, he estado en residencia estudiantil, y luego con mi marido y los muebles suyos y moviéndome a casa de alquiler con muebles ya en ellas o moviendo los nuestros. Pero salvo un par de cosas, nada lleva mi marca. Y lo que queda de mudanzas si Dios quiere!!!
Y ello ha traído el proceso de aprendizaje de casa es donde estás tu y están los tuyos, quienes más te importan. Y así, consigues hacer tuyos espacios que en principio no lo son o no lo serán por mucho tiempo. Mi sueño es un hogar fijo, raíces y hacer algo mío. Aunque seguro que después empezaría a querer moverme (la costumbre). Pero mientras estemos los 4 juntos, ya está
Yo creo que llega un momento, aunque estés de alquiler y ni siquiera hayas pasado en el sitio mas tiempo que en otros, que sientes la casa en la que vives como tuya, y creo que ese momento coincide con la necesidad de "arraigo", la experiencia de necesitar una base... así lo vivo yo en este momento de mi vida.
EliminarUn beso, amiga aventurera. :)
Hola Carmen, me alegra poder comentarte después de haberte seguido en verano pero no poder hablarte porque la tecnología no me lo permitía. Me encanta oírte y ver cómo compartes con nosotros tu estado de ánimo de reconciliación contigo misma y con otros, tu estado de serenidad. Creo que todo eso te va a ayudar un montón para este nuevo curso que ya va asomando las orejas. ¡Enhorabuena por tu madurez como mamá y como mujer! Un abrazo muy fuerte y nos hablamos.
ResponderEliminarUf, eso espero, porque el nuevo curso va a ser fino...
EliminarYo también me alegro de leerte, que desde que cerraste el blog sé muy poquito de ti...y ya te echaba de menos.
Un beso fuerte.
Y por cierto...¡pero ¿qué haces escribiendo a esas horas, criatura?!
Eliminar